Preexistencia

Leonardo da Vinci, Anunciación: a la izquierda, el ángel Gabriel arrodillado con un lirio en un jardín florido; a la derecha, María sentada ante un atril delante de un palacio; al fondo, un paisaje con árboles, montañas y una ciudad portuaria.
Leonardo da Vinci, La Anunciación, hacia 1472–1476, Galería de los Uffizi, Florencia. El ángel Gabriel anuncia a María el nacimiento de su hijo y da la razón por la que este será llamado Hijo de Dios: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra; por lo cual también lo Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). Aquí, y no en una generación anterior a todo tiempo, sitúan Sozzini y el Catecismo Racoviano el comienzo del Hijo de Dios. Fuente: Wikimedia Commons, dominio público (PD-Art).
De un vistazo

La doctrina de la Iglesia: El Hijo de Dios es engendrado del Padre desde la eternidad, por él fueron hechas todas las cosas, y por nuestra salvación descendió del cielo y se hizo hombre. Así lo confiesan las iglesias desde los concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381). También algunos adversarios de la Trinidad se aferraron a una existencia anterior: Cristo habría sido la primera criatura de Dios, por medio de la cual surgió el mundo.

Sozzini: Antes de la concepción en el seno de María no hubo ningún Hijo de Dios. Jesús de Nazaret es un hombre verdadero y, sin embargo, el Hijo unigénito de Dios, porque fue concebido por el poder del Espíritu Santo (Lc 1,35) y porque Dios lo santificó y lo envió, lo resucitó de entre los muertos y lo exaltó sobre todas las cosas. Cuando la Escritura dice que era «en el principio», que todas las cosas «por él fueron hechas» y que tuvo gloria «antes que el mundo fuese», se refiere al principio del Evangelio, a la nueva creación y al designio de Dios. «Antes que Abraham fuese» lo lee Sozzini como «antes que Abraham llegue a ser»: antes de que Abraham llegue a ser padre de muchas naciones.

La tesis más sorprendente: Que Jesús haya «descendido del cielo» lo toma Sozzini al pie de la letra, pero como afirmación sobre el hombre Jesús: antes de su aparición pública habría sido arrebatado al cielo, y allí habría aprendido de Dios lo que había de anunciar.

Lo decisivo: Una existencia anterior no engrandece a Cristo. Según Sozzini, oscurece la obra más grande de Dios: haber elevado a un hombre verdadero, nuestro hermano, a semejante gloria.

¿Existía ya el Hijo de Dios antes de que naciera Jesús de Nazaret? Las grandes iglesias lo afirman, de manera vinculante desde los concilios del siglo IV, y aun entre los adversarios de la Trinidad hubo quienes se aferraron a ello. Fausto Sozzini lo negó, no para empequeñecer a Cristo, sino para verlo tal como lo anunciaron los apóstoles: como un hombre verdadero, a quien Dios hizo surgir por su Espíritu en el seno de la Virgen, condujo a través de la muerte y la resurrección y elevó a una gloria que todo lo sobrepasa.

La pregunta: ¿existía el Hijo de Dios antes de Jesús?

Se llama preexistencia (del latín prae, «antes», y existere, «surgir, existir») a la doctrina según la cual Cristo existía ya como persona antes de su nacimiento humano. Que Cristo estuviera ya determinado en el plan de Dios antes del mundo no lo niega nadie que lea la Biblia. Pedro dice de él que estaba «ya ordenado de antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postrimeros tiempos por amor de vosotros» (1 Pe 1,20). Lo que se discute es si entonces existía también realmente: como un ser que actuaba y que más tarde se hizo hombre.

En el prefacio de su disputa con Erasmus Johannis, Sozzini distingue las dos formas en que esta doctrina se sostenía en su tiempo. Ambas las considera la fuente de una ignorancia de graves consecuencias, pues quien así piensa desconoce la exaltación del hombre Jesús:

«Ahora bien, el origen y la cabeza de una ignorancia tan grande y tan perniciosa es, y ha sido siempre, no pensar rectamente acerca de la existencia del Hijo unigénito de Dios y creer que, antes de que Jesús de Nazaret fuera concebido del Espíritu Santo y naciera de la Virgen, existía ya real y perfectamente un Hijo unigénito de Dios: uno, a saber, que o bien habría sido engendrado de la esencia misma de Dios Padre, o bien habría sido creado de la nada por Dios mismo antes de que se creara ninguna otra cosa, y que a su tiempo habría asumido la naturaleza humana, o se habría revestido del hombre o, como otros prefieren decir, del cuerpo humano, o sea, de la carne.»

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Prefacio a Hieronim Moskorzowski › Por qué es necesario el conocimiento de la exaltación de Cristo

La primera forma es la doctrina de las grandes iglesias. El Concilio de Nicea la había fijado en 325 contra el presbítero alejandrino Arrio, para quien el Hijo era una criatura, creada por Dios de la nada antes de todos los tiempos. La segunda forma es la del propio Arrio. En el siglo XVI la sostuvieron de nuevo algunos antitrinitarios que, aunque rechazaban la Trinidad, no querían renunciar a una preexistencia celestial de Cristo. Otros, como Miguel Servet, quemado en Ginebra en 1553, negaban un Hijo eterno, pero se aferraban a un Verbo eterno en Dios. Sozzini rechaza cada una de estas formas: el Hijo de Dios no existía antes de que Jesús de Nazaret fuera concebido.

Hasta qué punto esta cuestión dividía incluso a los antitrinitarios lo muestra la disputa que Sozzini sostuvo en 1584 en Cracovia con Erasmus Johannis. Ambos confesaban al único Dios, el Padre. Erasmus, más tarde predicador de la comunidad unitaria de Cluj (Klausenburg), en Transilvania, tenía sin embargo a Cristo por una sustancia espiritual que Dios habría creado como la primera de todas y que más tarde se habría revestido de un cuerpo humano. Pidió a la comunidad de Cracovia que le permitiera exponer sus razones, y los hermanos encargaron a Sozzini la respuesta:

«Los hermanos asintieron y, por deseo del propio Erasmus, encargaron por su nombre a uno de entre ellos la tarea de responder a sus argumentos delante de los demás que habían de estar presentes. Y ese fui yo mismo. Así, durante dos días disputamos amistosa y apaciblemente, respondiendo yo uno por uno y por orden a todo lo que Erasmus aducía, aunque mis respuestas en modo alguno podían convencer a Erasmus.»

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Prefacio a Hieronim Moskorzowski › Cómo surgió esta disputa

Sozzini concluyó su refutación escrita el 30 de noviembre de 1584. Erasmus nunca respondió; aun así, en 1595 Sozzini hizo imprimir la disputa, expresamente para que lectores piadosos y doctos pudieran juzgar por sí mismos. Frente a la otra parte había defendido ya antes la misma doctrina. El teólogo reformado Andreas Volanus (Andrzej Wolan), de Lituania, había atacado a los Hermanos Polacos en un escrito exhortatorio, tachándolos de «samosatenses» y «ebionitas». Las dos respuestas de Sozzini a ese escrito, Sobre la naturaleza de Jesucristo, recorren igualmente, uno tras otro, los pasajes aducidos en favor de una existencia anterior de Cristo; la segunda está fechada en septiembre de 1583, y la dedicatoria de la obra, el 14 de junio de 1588. Junto con el Catecismo Racoviano, el comentario de Sozzini a la Primera Epístola de Juan y las exégesis de György Enyedi y de Johannes Crell, estos dos escritos sirven de base a la exposición que sigue. El Catecismo se cita según la versión latina revisada por Johannes Crell, Jonas Schlichting y Martin Ruar.

La parte contraria en sus propias palabras

La doctrina eclesiástica halló su forma normativa en el Credo de Nicea y Constantinopla, que hasta hoy se recita en la mayoría de las iglesias. En Occidente se rezaba en latín; la sección sobre Cristo dice así (traducción propia):

Credo de Nicea y Constantinopla (381), versión latina

«Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas. El cual, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos, y se encarnó del Espíritu Santo, de María Virgen, y se hizo hombre.»

Et in unum Dominum Iesum Christum, Filium Dei unigenitum, et ex Patre natum ante omnia saecula. Deum de Deo, lumen de lumine, Deum verum de Deo vero, genitum, non factum, consubstantialem Patri: per quem omnia facta sunt. Qui propter nos homines et propter nostram salutem descendit de caelis. Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine, et homo factus est.

Contiene tres elementos: un Hijo antes de todos los siglos, una creación por medio de él y un descenso del cielo a la carne. Erasmus Johannis rechazaba el primero en la forma que le dio el concilio, pues su Cristo no era eterno, sino la primera criatura; el segundo y el tercero los mantenía. La disputa reproduce sus razones a partir de su propio resumen, según la nota del impreso «en la medida en que fue posible, palabra por palabra». La segunda razón muestra qué era lo que le importaba:

Erasmus Johannis, segunda razón (en la disputa de Sozzini)

«En segundo lugar, se quita no poco a Cristo y a su dignidad si se le tiene por un simple hombre, en quien no hay nada esencial que no se halle también en cualquier otro hombre, y si por medio de él se llevan a cabo únicamente las obras de la redención. En cambio, Cristo es honrado dignamente si se le tiene no solo por hijo de María, sino también por Hijo unigénito de Dios, cuya esencia supera con mucho en claridad y esplendor la esencia de todos los ángeles —por espiritual que esta sea—, y que fue antes del principio de todas las cosas, y por medio del cual Dios no solo redimió el mundo, sino que también lo creó de la nada.»

La dignidad de Cristo, la majestad de Dios, la grandeza de la redención, los elogios de la Escritura: todo ello parecía exigir, a juicio de Erasmus, que Cristo fuera más que un hombre, aun más que un hombre dotado de mayores dones que todos los demás. Su quinta razón, decisiva según él mismo, la veía en que la doctrina de Sozzini no podía sostenerse sin «torcer violentamente muchísimos dichos de la Escritura». A este reproche responde Sozzini recorriendo los pasajes uno por uno. Las demás razones las ataca en su raíz.

El punto de partida de Sozzini: un hombre verdadero y, sin embargo, Hijo de Dios

Para Sozzini, la cuestión de una existencia anterior de Cristo no es una sutileza erudita, sino que toca el fundamento de la salvación. En el prefacio de su disputa escribe:

«Mira adónde conduce, al fin, esa opinión sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios antes de que Jesús de Nazaret naciera de la Virgen: a saber, a que no solo se oscurezca la admirable obra de Dios, la más excelente de todas y la más saludable para el género humano, de elevar al hombre Jesucristo a la igualdad consigo mismo, sino a que se niegue que Jesucristo sea un hombre verdadero. Es decir: a que el fundamento mismo de nuestra salvación eterna quede casi derribado de raíz, y el sapientísimo designio de Dios mismo de transmitirnos y mostrarnos el camino de la inmortalidad quede poco menos que frustrado.»

En quo tandem perducat sententia ista de unigeniti filii Dei, ante Jesum Nazarenum ex virgine natum, existentia …

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Prefacio a Hieronim Moskorzowski › Por qué es necesario el conocimiento de la exaltación de Cristo

La obra más grande de Dios no es, según Sozzini, que un ser celestial viniera a la tierra, sino que Dios haya elevado a un hombre de entre nosotros hasta su propia majestad. Quien admite un Hijo anterior a este hombre desvía la mirada de la exaltación hacia la preexistencia y pierde de vista a aquel en quien se muestra adónde quiere Dios conducir al hombre. Por eso insiste Sozzini en la palabra de Pablo, según la cual el único mediador es «Jesucristo hombre» (1 Tim 2,5):

«Ahora bien, el guía y conductor de aquel camino fue, por designio de Dios mismo, Jesucristo en cuanto hombre, y ningún otro; pues, según atestigua expresamente el apóstol Pablo, hay un solo mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús. Por eso hemos de reconocer que precisamente este hombre ha sido elevado a tan gran majestad. Pero esto solo lo harán recta y verdaderamente aquellos que no reconozcan ningún otro Hijo unigénito de Dios antes de este hombre ni fuera de él.»

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Prefacio a Hieronim Moskorzowski › Dedicatoria y propósito de la comunidad

Pero ¿por qué es Jesús Hijo de Dios, si no por una generación anterior a todo tiempo? El Catecismo Racoviano comienza su doctrina sobre la persona de Cristo con la afirmación de «que por naturaleza es verdadero hombre, en otro tiempo mortal, cuando vivía en la tierra, mas ahora inmortal». Acto seguido pregunta si Jesús es, entonces, un hombre común:

«¿Es entonces el Señor Jesús un hombre puro o común?

»De ningún modo. Pues, aunque por naturaleza es hombre, sin embargo es al mismo tiempo el Hijo unigénito de Dios, y ello desde su primer origen. En efecto, fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de una virgen sin comercio alguno de varón, y en este respecto no tuvo otro padre que Dios; … Sobre lo cual dice el ángel a María en Lc 1,35: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso también lo santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios.”»

Catecismo Racoviano — Del conocimiento de Cristo

La concepción no es la única razón por la que Jesús es llamado Hijo de Dios. En su examen de un razonamiento trinitario, Sozzini enumera las razones que la Escritura da para ello. Una generación de la esencia de Dios no se cuenta entre ellas:

«Porque en ninguna parte hallarás expresada, ni siquiera insinuada, aquella razón de que haya sido engendrado de la substantia o esencia misma de Dios; sino que, o por el modo de su concepción en el seno de su madre; o por su santificación por Dios y su envío al mundo; o por su resurrección de entre los muertos, a la que siguieron, en efecto, su glorificación y su exaltación sobre todas las cosas creadas; o por el sacerdocio y el reino eternos que recibió de Dios; o por otras cosas semejantes, hallarás que es Hijo de Dios y que así se le llama.»

Fausto Sozzini, Examen del argumento en favor del Dios trino y uno (Argumenti pro trino et uno Deo examinatio), en el volumen Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura — La filiación divina de Cristo según la carne

Incluso las palabras del salmo en que gusta apoyarse la doctrina de la generación eterna —«Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy» (Sal 2,7)— las refiere Pablo a la resurrección de Jesús (Hch 13,33). El Catecismo observa al respecto con sobriedad: «Pues la voz “hoy”, designando un tiempo determinado, no puede designar la eternidad».

Johannes Crell (1590–1633), rector de la Academia de Raków, extrajo del relato de Lucas un argumento más. Si Jesús hubiera existido como persona desde la eternidad, en el momento de la Anunciación ya habría sido Hijo de Dios, y el ángel a lo sumo habría podido hablar de una segunda filiación, nueva. Crell pregunta:

«¿Por qué, pues, no se halla en las palabras del ángel ni el menor indicio de esta cosa? ¿Por qué no habló de tal modo que se viera que esa misma persona había sido ya antes, ciertamente, Hijo de Dios desde toda la eternidad, pero que ahora llegaría a serlo además de un modo distinto y nuevo?»

Johannes Crell, Sobre el único Dios, el Padre (De uno Deo Patre, 1631) — Libro primero, sección segunda, cap. XXXI

La filiación divina comienza, pues, con la concepción. De una filiación anterior el ángel no sabe nada, y, si hubiera sido verdadera, no habría debido callarla.

Dignidad sin preexistencia

Sozzini da la vuelta al reproche de que priva a Cristo de su dignidad. Para él, la dignidad no reside en la materia de que alguien está hecho, sino en lo que hace. Y la gloria de Dios es tanto mayor cuanto más humilde es el instrumento por medio del cual obra cosas grandes:

«Pero una dignidad de esta clase no ha de buscarse tanto para la persona de Cristo; y en mucho más que ella ha de estimarse, y con mucha más razón ha de decirse que pertenece a la gloria y al honor de Cristo, aquello con lo cual esa dignidad no puede coexistir: a saber, que Cristo, aunque en lo que toca a la esencia misma no era otra cosa que un hombre, se mostró, sin embargo, en dichos y obras voluntarios y dignos de alabanza tal como ningún hombre se ha mostrado ni se mostrará jamás.

»A esto se añade que no debemos preocuparnos tanto por la gloria de Cristo mismo —cuanto menos por esa dignidad— como por la gloria de Dios. Y esta aparece mucho mayor si Dios llevó a cabo tantas y tan grandes cosas por medio de Cristo, aun siendo este un mero hombre, que si las hubiera llevado a cabo por medio de él en cuanto dotado de una esencia más divina, aunque esta le hubiera sido dada por Dios. Así como un artífice es mucho más digno de alabanza y de gloria si con un instrumento más vil y de suyo menos apto para la obra misma realiza una obra insigne, que si hiciera esa misma obra con un instrumento más excelente y de suyo aptísimo para la obra misma, aunque ese instrumento hubiera sido fabricado por él mismo.»

Atqui haec multo major conspicitur, si per Christum, licet purum hominem, tot tantaque Deus patraverit …

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Las cinco razones de Erasmus Johannis y su refutación › Respuesta a la segunda razón: la dignidad de la persona

Esto no es una concesión, sino el verdadero pensamiento de Sozzini. Lo más admirable de Cristo no es un origen celestial, sino que Dios haya dado a un hombre crucificado «toda potestad … en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Cuando Erasmus enumeró las obras más nobles de Dios, Sozzini le replicó:

«Solo diré esto: que me asombra mucho que, entre las obras inmediatas de Dios, que son con mucho las más excelentes, no hayas mencionado aquella que yo nombré —a saber, la creación del Redentor— y, a la vez, la exaltación del hombre Jesucristo; si alguien puede concebir, siquiera con el pensamiento, una obra de Dios más excelente y más admirable que estas, no lo sé.»

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Octavo argumento: la dignidad de las obras › Recuerdo de la conversación oral

De esta idea fundamental se desprende una serie de razones que Sozzini y sus sucesores aducen una y otra vez contra una existencia anterior de Cristo:

  1. El mediador es un hombre. «Porque hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Tim 2,5). De otro modo, dice Sozzini, Pablo «no se habría contentado con la simple denominación de “hombre”».
  2. El Mesías tenía que ser un hombre. Israel esperaba un rey de la simiente de David, y un verdadero rey ha de ser de la misma especie que aquellos sobre quienes reina.
  3. Un Hijo que se reviste de un hombre no sería ninguno de los dos. Si Cristo constara de un Hijo celestial y del hombre del que este se revistió, en verdad no sería, según Sozzini, «ni el Hijo unigénito de Dios ni el hijo de María», del mismo modo que un hombre compuesto de alma y cuerpo no es ni el alma ni el cuerpo.
  4. Un modelo tiene que ser visible. Pablo propone a Cristo para que se le imite (Flp 2,5; 2 Cor 8,9). Lo que alguien hubiera hecho antes de su nacimiento nadie lo ha visto, y nadie puede imitarlo.
  5. La exaltación presupone la humillación. «Por lo cual Dios también le ensalzó á lo sumo» (Flp 2,9). Solo por la muerte y la resurrección llegó Cristo a ser nuestro Señor «en realidad y con pleno derecho» (Rom 14,9). Quien le atribuye ese señorío ya antes del mundo convierte la exaltación en un mero regreso.
  6. La Escritura calla acerca de una encarnación. Lucas habla del pesebre, pero no dice nada de que un ser celestial haya tomado carne. Para Crell, este silencio ante un acontecimiento tan grande es inexplicable.

Los pasajes bíblicos de la parte contraria

Erasmus había presentado catorce argumentos tomados de la Escritura; Volanus, otros semejantes. El Catecismo Racoviano menciona tres pruebas principales de los adversarios: Cristo habría estado en el principio, en el cielo y antes de Abraham. El método de Sozzini es en todas partes el mismo: toma en serio la letra del texto, lee el contexto y se pregunta qué podían entender los primeros lectores. Para la carga de la prueba estableció una regla clara:

«De ahí se entiende que no solo en este, sino también en la mayor parte de tus otros argumentos, en los que en realidad sucede lo mismo, hay una tácita petición de principio. Y como esta atañe a la afirmación de una cosa que, por lo demás, es de suyo del todo extraña y sumamente absurda —a saber, que alguien haya existido antes de nacer de su madre—, basta cualquier objeción, aun poco probable, con tal que de algún modo pueda haber lugar para ella, para debilitar y deshacer estas argumentaciones tuyas.»

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Tercer argumento: la humillación presupone una gloria anterior › Dos absurdos de la posición contraria

Quien afirma algo tan extraordinario como una vida anterior al propio nacimiento tiene que probarlo de manera concluyente. Por eso Sozzini no necesita demostrar en cada caso cuál es la interpretación correcta; basta con mostrar que el texto admite otra interpretación más sencilla. Pero por lo general hace más.

Juan 1:1–3: «En el principio era el Verbo»

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas» (Jn 1,1–3). De ningún pasaje del Nuevo Testamento, escribe György Enyedi, superintendente de los unitarios de Transilvania, se cree poder demostrar con más seguridad que de este «la divinidad y la existencia de Cristo antes de su madre». Sozzini y el Catecismo lo leen, palabra por palabra, de otro modo.

Por «principio» no se entiende el principio del mundo. Un principio, dice el Catecismo, es justamente lo contrario de la eternidad; de qué principio se trata se desprende del asunto sobre el que escribe Juan:

«En el lugar citado, donde se dice que el Verbo o la Palabra estaba en el principio (Jn 1,1), nada hay acerca de aquella preeternidad, puesto que aquí se hace mención de un principio, el cual se opone a la preeternidad. Ahora bien, la voz “principio”, puesta de modo absoluto, se entiende desde el asunto y la materia de que se trata: y como esta es para Juan el Evangelio, esto es, las cosas sucedidas bajo el Evangelio, no queda aquí otra cosa que pensar sino el principio del Evangelio, y ello un principio ya conocido de los cristianos a quienes escribe; el cual fue la venida y la predicación del Bautista, según atestiguan todos los evangelistas, que comienzan el Evangelio mismo por la venida y la predicación del Bautista.»

Catecismo Racoviano — Del conocimiento de Cristo › Examen de las pruebas escriturarias de la naturaleza divina de Cristo › El Verbo en el principio

Así empieza también Marcos: «Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1), y enseguida habla del Bautista. Juan emplea la palabra del mismo modo cuando Jesús dice a los discípulos: «porque estáis conmigo desde el principio» (Jn 15,27). En su comentario a la Primera Epístola de Juan, Sozzini hace de ello una regla: la expresión «desde el principio» no designa el principio del mundo, sino que «ha de referirse al asunto que se trata».

El Verbo no es para Sozzini un segundo ser junto a Dios, sino un nombre del hombre Jesús, porque por medio de él Dios dio a conocer su Evangelio:

«Además, lo que dice Juan, que todo fue hecho por el Verbo, ha de referirse a todo aquello que pertenecía al asunto del Evangelio, sobre el cual él mismo se había propuesto escribir y que aquel hombre Cristo Jesús había sido el primero en abrir al mundo; por lo cual, precisamente por esta razón, lo había llamado “Verbo” o “Palabra”.»

Fausto Sozzini, Sobre la naturaleza de Jesucristo (De Jesu Christi natura) — Primera respuesta a la Exhortación de Andreas Volanus › Colosenses 1: primogénito de la creación

El Catecismo explica el nombre de modo semejante: Jesús es llamado el Verbo de Dios «porque fue el intérprete inmediato y a la vez el ejecutor de la voluntad divina». También la frase de que el Verbo «era con Dios» tiene para él un sentido histórico. Al principio del Evangelio, cuando predicaba el Bautista, Jesús ya «estaba en posesión de su oficio, aunque todavía no lo ejercía, pues moraba en aquel tiempo junto a Dios»; qué se quiere decir con ello lo muestra la sección sobre el descenso del cielo. ¿Y «el Verbo era Dios»? Según el Catecismo, el Verbo de Dios «necesariamente ha de ser distinto de Dios mismo», puesto que estaba junto a él. Se le llama Dios porque Dios le dio un poder divino. En este sentido, Sozzini no tiene reparo en llamar a Cristo Dios verdadero:

«Puesto que aquel Verbo, que no es otra cosa que el hombre Jesucristo, debe enteramente su divinidad al Creador del cielo y de la tierra, el Dios verdadero, y le está del todo subordinado, no por eso, aunque también él mismo sea Dios verdadero, se establecen dos dioses verdaderos en un sentido tal que alguien pudiera con razón escandalizarse de ello.»

Fausto Sozzini, respuestas a las Tesis sobre la exclusión de Cristo de la verdadera divinidad (Theses de Christo a vera divinitate excludendo), en el volumen Sobre la autoridad de la Sagrada Escritura — Sobre la sexta tesis

El Nuevo Testamento de Raków, la traducción alemana de los Hermanos Polacos de 1630, vierte el versículo en consecuencia: «En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era un dios». Que, por último, «todas las cosas» fueran hechas por el Verbo lo refiere Sozzini a la nueva creación por medio del Evangelio. Enyedi lo fundamenta con las promesas de los profetas:

«Porque en otro tiempo Dios había prometido por Isaías un cielo nuevo y una tierra nueva, y por Jeremías un nuevo pacto. Esto lo aplican los apóstoles al tiempo y a la manifestación de Cristo. Y de él se dice que es él mismo el hombre nuevo, el nuevo Adán, que tiene un reino nuevo, nuevos ciudadanos (Lc 19,12.27; Mt 21,41); ¿por qué no, pues, también una nueva creación? Ciertamente se dice más de una vez que por Cristo se ha hecho una nueva creación. Así pues, la cosa misma no solo nos aconseja, sino que incluso nos obliga a entender también esta palabra de Juan como referida a la nueva creación.»

György Enyedi, Explicaciones de los pasajes bíblicos sobre la Trinidad (Explicationes locorum, 1598) — El Evangelio según Juan › Jn 1: Sobre el proemio del Evangelio de Juan

No se trata, pues, de la creación del cielo y de la tierra, sino de todo lo que con el Evangelio se hizo nuevo: el nuevo pacto, la Iglesia, la esperanza de la vida eterna. El Catecismo habla de las cosas «que pertenecen a la nueva creación obrada bajo el Evangelio».

Juan 1:14: «Y aquel Verbo fué hecho carne»

Si el Verbo es Jesús mismo, ¿cómo puede entonces ser «hecho carne» (Jn 1,14)? El Catecismo pone a la parte contraria ante un dilema:

«Se dice que alguien se hace hombre o nace cuando antes no tuvo naturaleza alguna. Y si la Palabra, hablando en sentido propio, se hizo carne – pues nada nos obliga a apartarnos del sentido propio de las voces –, o bien era ya realmente alguna persona antes de hacerse carne, o no lo era. Si lo era, al hacerse carne, esto es, otra sustancia, dejó de ser aquella sustancia y, por consiguiente, también aquella persona que era. Luego no era aquel único Dios. Y si no era persona alguna realmente existente, mucho menos era aquel único Dios.»

Catecismo Racoviano — Del conocimiento de Cristo › La encarnación de Cristo y sus testimonios escriturarios › El Verbo se hizo carne

Según el Catecismo, el griego egeneto puede verterse también por «fue»: «La Palabra fue carne», esto es, un hombre «sujeto a las miserias, a las aflicciones y, en fin, a la muerte no menos que los demás hombres». «Carne» designa en la Biblia al hombre mortal: «porque ciertamente él es carne» (Gén 6,3). Enyedi remite a Heb 2,14: «por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo». Pero los hijos no se hicieron carne, sino que nacieron como hombres, y lo mismo vale para Cristo. Del mismo modo entiende Sozzini el «venido en carne» de la Primera Epístola de Juan (véase más abajo).

Juan 1:15 y 30: «Porque era primero que yo»

El Bautista dice de Jesús: «Tras mí viene un varón, el cual es antes de mí: porque era primero que yo» (Jn 1,30). ¿Un varón que existía ya antes que Juan, el mayor de los dos? ¿Luego, a fin de cuentas, una existencia anterior? Enyedi muestra, siguiendo a Beza, que el griego emprosthen («antes») no se emplea en ningún lugar del Nuevo Testamento referido al tiempo, y que la segunda parte de la frase da la razón de la primera:

«Pero si decimos que tanto ἔμπροσθέν μου como πρῶτός μου significan el tiempo, se probará lo mismo por lo mismo, y en las palabras del Bautista habría una manifiesta palabrería vana. Porque, dime, ¿qué consecuencia sería esta: “Fue antes que yo en el tiempo, porque era primero que yo en el tiempo”? Sería lo mismo que si alguien dijera: “Aristóteles vivió antes que yo, porque existió primero que yo en el tiempo”.»

György Enyedi, Explicaciones de los pasajes bíblicos sobre la Trinidad (Explicationes locorum, 1598) — El Evangelio según Juan › Jn 1,15

Se trata del rango. Jesús fue antepuesto al Bautista porque es «más excelente». El Nuevo Testamento de Raków traduce en consecuencia: «porque era más excelente que yo».

Descendido del cielo: Juan 3:13; 6:38 y 62; 16:28

«Porque he descendido del cielo», dice Jesús (Jn 6,38), y: «¿Pues qué, si viereis al Hijo del hombre que sube donde estaba primero?» (Jn 6,62). Volanus objetaba a Sozzini que Cristo atestigua su procedencia del cielo expresamente «y sin el velo de las figuras». Sozzini responde, en primer lugar, que tampoco Volanus puede tomar estas palabras al pie de la letra:

«Pero ¿cómo te atreves a afirmar que Cristo habló así sin figura alguna, cuando en el mismo discurso dice que el pan que él ha de dar es su carne, la cual dará por la vida del mundo, y antes había atestiguado una y otra vez que este pan vivificante había descendido del cielo? Ciertamente, la carne de Cristo fue formada en el seno de la Virgen María, y no cayó realmente del cielo; o al menos así lo piensas tú mismo. Por consiguiente, el “descender del cielo” ha de entenderse necesariamente, en las palabras de Cristo, de otro modo que como te parece que suenan esas palabras.»

Fausto Sozzini, Sobre la naturaleza de Jesucristo (De Jesu Christi natura) — Primera respuesta a la Exhortación de Andreas Volanus › Descendido del cielo

«Descender del cielo» significa en el lenguaje de la Escritura, ante todo, «proceder de Dios mismo», así como el bautismo de Juan era «del cielo» (Mt 21,25) y toda buena dádiva «es de lo alto» (Stg 1,17). Pablo llama a Cristo el hombre «del cielo» y añade: «cual el celestial, tales también los celestiales» (1 Cor 15,47–48). Enyedi concluye: si la expresión designara un movimiento local, habría que «decir de todos los piadosos que han descendido realmente del cielo».

Pero luego Sozzini va un paso más allá, y aquí se encuentra la doctrina más singular de los socinianos. Las palabras sobre el descender y el volver a subir pueden valer incluso al pie de la letra si se refieren al hombre Jesús:

«Pero ¿qué se seguirá, en definitiva, si se concede que Cristo —hablando verdadera y propiamente— estuvo en el cielo antes de ser llevado allí después de su muerte? ¿Se sigue acaso de ello que existió desde la eternidad, o al menos antes de nacer de María? En modo alguno. Porque pudo estar realmente en el cielo antes de morir, después de haber nacido de María; y no solo pudo, sino que —por decirlo así— también debió. Porque si aquel hombre Pablo, siervo de Cristo, fue arrebatado antes de su muerte hasta el tercer cielo y estuvo en el paraíso mismo, de ningún modo nos resulta verosímil que Cristo mismo —es decir, aquel hombre— no estuviera en el cielo antes de la muerte, y que el siervo alcanzara en esta vida cosas mayores que el Señor … Sobre todo si Pablo, como es verosímil, fue arrebatado allí para ver aquellos misterios de Dios que él mismo atestigua haber visto y que un hombre no puede expresar: entonces, en el caso de Cristo, en quien el conocimiento de todas las cosas divinas fue sin medida —como también debía serlo—, de ningún modo parece que pueda dudarse de que permaneció allí algún tiempo antes de asumir públicamente el oficio que el Padre le había encomendado, el de imbuir a los hombres de la doctrina celestial.»

Fausto Sozzini, Sobre la naturaleza de Jesucristo (De Jesu Christi natura) — Primera respuesta a la Exhortación de Andreas Volanus › La comunicación de idiomas

En la segunda respuesta a Volanus, Sozzini llama a esta interpretación «la más verdadera de todas» y asevera: «aquel Jesús de Nazaret estuvo, en aquel intervalo, algún tiempo en el cielo». El griego hopou ēn to proteron de Jn 6,62, añade, puede significar también «donde había estado antes», y no prueba una morada permanente en el cielo. Sobre Jn 3,13 deja sentado que, según las propias palabras de Cristo, el que descendió fue «el Hijo del hombre mismo —esto es, él en cuanto hombre—». El Catecismo Racoviano adoptó esta doctrina. A la pregunta de cómo conoció Jesús la voluntad de Dios, responde:

«¿Pero de qué manera llegó el mismo Señor Jesús al conocimiento de esta voluntad divina?

»De esta manera: que subió al cielo y allí vio a su Padre y aquella vida y aquella bienaventuranza que nos anunció, y oyó del mismo Padre todo cuanto había de enseñar; por el cual fue luego enviado del cielo a la tierra y fue dotado de una inmensa abundancia del Espíritu Santo, por cuya inspiración pronunció todo lo que había aprendido del Padre.»

Catecismo Racoviano — El oficio profético de Jesucristo › El origen del conocimiento de Cristo
En perspectiva

El arrebatamiento de Jesús al cielo antes de su aparición pública es una particularidad de la teología sociniana. Sozzini lo apoya en la letra de Jn 3,13 y 6,62 y en el ejemplo de Pablo, que «fué arrebatado hasta el tercer cielo» (2 Cor 12,2). Señala el marco: después del nacimiento y antes del ministerio público; un momento más preciso no lo indica. El Catecismo Racoviano lo enseña; Enyedi y Crell lo tienen por posible. Enyedi ofrece además la explicación de que Cristo, antes de su nacimiento, estuvo en el cielo «en la predestinación divina». Quien no siga a Sozzini en este punto puede compartir, no obstante, su tesis principal: ninguna palabra de la Escritura exige que Jesús haya vivido antes de su nacimiento.

Enviado al mundo: Gálatas 4:4

Erasmus concluía del envío del Hijo que este había sido enviado para nacer y que, por tanto, existía antes. Sozzini le opone el texto mismo de Pablo: «Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer» (Gál 4,4).

«¡Buen Dios!, ¿qué oigo? ¿Que alguien es enviado para nacer? ¿Quién ha hablado jamás así? Ciertamente, los testimonios aducidos por ti no dicen que Cristo fuera enviado para nacer. Pero dirás que esta es tu interpretación. ¡Peregrina interpretación, en verdad, la que hace decir a Pablo lo contrario de lo que dice abiertamente! Porque él dice, como tú mismo has citado sus palabras, que Dios envió a su Hijo nacido de mujer. Ahora bien, el que es enviado como nacido ya ha nacido cuando es enviado.»

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Undécimo argumento: «Envió a su Hijo»

«Ser enviado al mundo» significa recibir un oficio entre los hombres. Jesús lo dice de sus discípulos con las mismas palabras: «Como tú me enviaste al mundo, también los he enviado al mundo» (Jn 17,18). Enyedi extrae de ello la conclusión:

«Que tal salida y tal envío no significan preexistencia alguna en el cielo se puede mostrar fácilmente por dichos semejantes. Porque Cristo dice en Jn 17,18: “Como tú (Padre) me enviaste al mundo, así también yo los envié al mundo”. Y en Jn 20,21: “Como me envió el Padre, así también yo os envío”. Si, pues, del hecho de que Cristo fue enviado por Dios al mundo hay que concluir que antes estuvo en el cielo, lo mismo habrá que decir también de los apóstoles; porque Cristo dice que él los envió de igual manera.»

György Enyedi, Explicaciones de los pasajes bíblicos sobre la Trinidad (Explicationes locorum, 1598) — El Evangelio según Juan › Jn 16,28

Del mismo modo dice Jesús ante Pilato: «Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio á la verdad» (Jn 18,37): primero nacido, luego venido al mundo, como subrayan Sozzini y el Catecismo. Y si el Padre envió al Hijo «para ser Salvador del mundo» (1 Jn 4,14), no fue, según Sozzini, porque ya lo fuera antes, sino «para que fuese Salvador del mundo». También la palabra sobre el salir y el volver en Jn 16,28 habla de envío y de regreso, no de una vida anterior al nacimiento.

Juan 8:58: «Antes que Abraham fuese, yo soy»

Pocas palabras de Jesús se aducen con tanta frecuencia en favor de su preexistencia (Jn 8,58). Sozzini observa primero que Jesús nunca afirma haber visto a Abraham: fue Abraham quien, como profeta, vio de antemano el día de Cristo (Jn 8,56). Luego se ocupa de la gramática. El infinitivo griego, dice, depende de verbos en presente y ha de referirse, por tanto, al futuro: «antes que Abraham llegue a ser». Y esa parte de la frase no va unida a «yo soy», sino a «os digo»:

«Aunque, a mi juicio, ese miembro de la frase, πρὶν Ἀβραὰμ γενέσθαι, ha de unirse más bien, no con el verbo εἰμί, sino con el verbo λέγω; y la partícula ὅτι, o “que”, que sin duda ha de sobrentenderse en esta frase, no ha de colocarse delante de él, sino inmediatamente delante del verbo εἰμί, de modo que todo el pasaje se vierta al latín así: De cierto, de cierto os digo, antes que Abraham llegue a ser: que yo soy.»

Amen Amen dico vobis, antequam Abraham fiat, quod ego sum.

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Cuarto argumento: «Antes que Abraham fuese, yo soy» › La lectura de la sentencia de Cristo

«Yo soy» tiene aquí el mismo sentido que en Jn 8,24 («si no creyereis que yo soy»): yo soy el Cristo. Y Abraham todavía ha de «llegar a ser» lo que significa su nombre:

«Aquel hombre Abraham ya había llegado a ser, ciertamente; pero aún no había llegado a ser lo que significaba su nombre y por lo que Dios le había impuesto ese nombre. Todavía no habían alcanzado la fe muchas naciones, y por eso aquel hombre Abraham, que es el padre de los creyentes, aún no había llegado a ser padre de muchas naciones; ni podía decirse todavía que el mismo Abraham hubiera llegado verdaderamente a ser, puesto que “Abraham” no es otra cosa que “padre de la multitud”, esto es, de muchas naciones. … Así pues, como Cristo exhortó en otra ocasión a los judíos a que anduvieran mientras tenían la luz, y repetidas veces los amenazó sin rodeos con que sucedería que el reino de Dios se daría a las naciones y ellos serían privados de él, así también en este lugar los exhorta, no sin una velada amenaza, a que reconozcan que él es el Cristo antes de que se abra a las naciones la puerta de la fe.»

Fausto Sozzini, Sobre la naturaleza de Jesucristo (De Jesu Christi natura) — Primera respuesta a la Exhortación de Andreas Volanus › Antes que Abraham fuese

Enyedi tiene la traducción habitual por un solecismo: «¿Quién hablaría de este modo: “Antes que Alejandro peleara con Darío, yo soy”?». El Catecismo Racoviano completa el «yo soy» con Jn 8,12: «yo soy la luz del mundo», y el Nuevo Testamento de Raków traduce: «antes que Abraham llegue a ser, yo soy». El propio Sozzini subraya que la interpretación no es suya, sino del hombre que, «el primero en nuestra época», sacó a la luz la verdad sobre la esencia de Cristo. Se trata, probablemente, de su tío Lelio Sozzini.

Juan 17:5: «Con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese»

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú cerca de ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese» (Jn 17,5). Erasmus leía en ello la petición de volver a la gloria que Cristo «había disfrutado en los cielos antes de la fundación del mundo». Sozzini remite a la misma oración, en la que Jesús explica él mismo sus palabras: «por cuanto me has amado desde antes de la constitución del mundo» (Jn 17,24). Antes del mundo, Cristo tenía la gloria del mismo modo que los creyentes tienen la gracia, «la cual nos es dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos» (2 Tim 1,9): en el designio de Dios.

«Aquel amor, pues, con que Dios amó no solo a Cristo, sino también a nosotros en él antes de la constitución del mundo, es la causa por la que Cristo dijo con razón que ya entonces tenía claridad o gloria junto a Dios, o que esta le había sido dada por él, y por la que nosotros podemos decir con razón lo mismo de nosotros. Pero Cristo no habló así de sí mismo porque ya entonces la tuviera en realidad.»

Non autem ita locutus est de se Christus, quia jam tum illam reipsa haberet.

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Sexto argumento: «La gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese» › La explicación que el propio Cristo da de sus palabras

En esta interpretación Sozzini no está solo. Apela precisamente a un trinitario: Agustín, en sus tratados sobre el Evangelio de Juan, había referido el pasaje al hombre Cristo y lo había explicado por la predestinación:

«Y ahora glorifícame; es decir, como entonces, así también ahora; como entonces en la predestinación, así también ahora en la consumación. Haz en el mundo lo que ya estaba junto a ti antes del mundo; haz a su tiempo lo que estableciste antes de todos los tiempos. … Porque así hemos sido elegidos nosotros, como él ha sido glorificado: pues, antes de que el mundo existiera, ni nosotros éramos ni él mismo, el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús.»

Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan 105, citado por Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Sexto argumento › El testimonio de Agustín

El Catecismo lo resume en la afirmación de que alguien puede tener algo «junto al Padre» sin existir entonces realmente. Sozzini dice en otro lugar, en términos generales: «Pues lo que Dios ha decretado se tiene por ya hecho». La gloria pedida presupone, además, lo que antes del mundo no existía. Dios dio a Cristo «poder de hacer juicio, en cuanto es el Hijo del hombre» (Jn 5,27). Un juez de vivos y muertos, constituido porque es hombre, no podía poseer realmente esa gloria antes de la creación de los hombres. Que Cristo estuviera «ya ordenado de antes de la fundación del mundo» (1 Pe 1,20) dice exactamente eso.

Filipenses 2:5–11 y 2 Corintios 8:9: forma de Dios y forma de siervo

«Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: el cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual á Dios: sin embargo, se anonadó á sí mismo, tomando forma de siervo» (Flp 2,5–7). Para Erasmus, como para Volanus, una humillación tan profunda presuponía una gloria anterior. En su respuesta a Volanus, Sozzini empieza por el sujeto de la frase:

«Ahora bien, Jesucristo mismo no existía en verdad antes de ser hombre, aun cuando aquel “Logos” que vosotros os habéis inventado junto a aquel hombre hubiera existido ya realmente. Porque “Jesús” es el nombre propio de aquel hombre, y “Cristo” significa “el Ungido” y se refiere, por tanto, necesariamente a un hombre. Pues la naturaleza divina no puede ser ungida, ni tiene necesidad de serlo.»

Fausto Sozzini, Sobre la naturaleza de Jesucristo (De Jesu Christi natura) — Primera respuesta a la Exhortación de Andreas Volanus › Filipenses 2: la forma de Dios

Pablo propone además a Cristo como modelo. Pero un modelo tiene que poder verse e imitarse. Enyedi lo ilustra con una imagen:

«Si alguien quisiera exhortar a otro a la rapidez con un ejemplo y le hablara así: “Sé rápido, como ves que es rápida aquella ave”, ese ejemplo sería inadecuado. Porque el exhortado podría responder que él no es ave, ni tiene alas, ni puede volar, y que por eso tampoco está obligado a ser rápido. Del mismo modo, la exhortación de Pablo sería inadecuada y vana si la opinión de los adversarios fuera verdadera. Porque, según ellos, este es el sentido de las palabras de Pablo: “Sed humildes como Cristo, el cual, siendo antes de su madre el Dios eterno, se hizo después hombre o tomó carne”. A esto habrían podido responder los filipenses que ellos ni habían sido dioses eternos antes de su madre, ni habían podido ni podían hacerse hombres; que de ahí no se seguía, pues, que también ellos tuvieran que ser humildes por haberlo sido Cristo.»

György Enyedi, Explicaciones de los pasajes bíblicos sobre la Trinidad (Explicationes locorum, 1598) — La Epístola a los Filipenses › Flp 2,5

La «forma de Dios» era, según Sozzini, el poder divino que Jesús ejercía en la tierra. Él daba órdenes «al mar, a los vientos y a las tempestades, y además a todas las enfermedades y dolencias, y a la muerte misma, y, finalmente, a los demonios». Esta igualdad con Dios nunca la tuvo «como una usurpación, sino siempre como un don que se le había concedido», y en la Pasión la depuso «en apariencia», cuando se dejó prender, golpear y crucificar. Del mismo modo lee Sozzini 2 Cor 8,9: Cristo era rico en dones celestiales y en operaciones divinas «mientras anunciaba el Evangelio del reino de Dios», y se hizo pobre cuando, en su Pasión, dejó de servirse de ellos. Sozzini traduce literalmente: «mendigó siendo rico». Por último, según la doctrina eclesiástica, el humillado no sería el mismo que el exaltado:

«Además, el que se humilló no sería en verdad el mismo que después fue exaltado. Porque, según vuestro parecer, Dios se humilló, pero el hombre fue exaltado. Mas Dios, o la naturaleza divina, así como no puede ser exaltada, tampoco puede en verdad humillarse.»

Fausto Sozzini, Sobre la naturaleza de Jesucristo (De Jesu Christi natura) — Primera respuesta a la Exhortación de Andreas Volanus › Filipenses 2: la forma de Dios

Por eso, en el himno, la exaltación sigue como recompensa: «Por lo cual Dios también le ensalzó á lo sumo, y dióle un nombre que es sobre todo nombre» (Flp 2,9), y todo sucede «á la gloria de Dios Padre» (Flp 2,11).

Colosenses 1:15–17 y Hebreos 1:2: «Por él fueron criadas todas las cosas»

«El cual es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura. Porque por él fueron criadas todas las cosas que están en los cielos, y que están en la tierra» (Col 1,15–16). Frente a Volanus, Sozzini convierte el título de primogénito en un dilema:

«Pero si la expresión “de toda criatura” se refiere a la antigua creación de las cosas, Cristo, como cosa creada, tiene que haber existido necesariamente antes de la creación del cielo y de la tierra, como decía Arrio. Porque la palabra “primogénito” no se refiere solo a la dignidad, sino principalmente al tiempo; esto es manifiesto por ese mismo pasaje. … Por eso, si no quieres ser arriano, debes admitir sin reservas que allí no se trata de la primera creación de las cosas, sino de la segunda: en la cual Cristo, como cosa creada, precede verdaderamente a todas las cosas creadas no solo en dignidad, sino también en tiempo —como todos conceden—; y así todo quedará clarísimo.»

Fausto Sozzini, Sobre la naturaleza de Jesucristo (De Jesu Christi natura) — Primera respuesta a la Exhortación de Andreas Volanus › Colosenses 1: primogénito de la creación

Pablo enumera «tronos», «dominios», «principados» y «potestades», no el sol, las plantas y los animales. Se refiere al nuevo orden de todos los seres racionales desde que Dios puso al Cristo resucitado como cabeza sobre ángeles y hombres (Ef 1,20–22). Sozzini lo explica con una imagen tomada de la vida pública:

«Y esto, ciertamente, porque, como dijimos desde el principio, aquellas cosas han sido creadas por Cristo —es decir, transformadas— principalmente en cuanto él mismo comenzó a dominarlas y a dirigirlas y gobernarlas. Pues, además de que esto ya de por sí da una nueva forma a aquella jerarquía, que antes no tenía semejante señor y gobernante, es también la causa de que a todos los que están contenidos en ella se les puedan cambiar, aumentar o disminuir los poderes y los oficios, según a él le parezca bien. Así vemos que sucede cuando alguien ha llegado a ser príncipe y señor de una república. Y nadie se atreverá a negar que esa república, por el solo hecho de haber obtenido un príncipe y señor que antes no tenía, ha obtenido al mismo tiempo una nueva forma.»

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Decimocuarto argumento: «Por él fueron criadas todas las cosas» › Las circunstancias del pasaje y la comparación con la Epístola a los Efesios

Y que Cristo «es antes de todas las cosas» (Col 1,17) ha de referirse, según Enyedi, «no al tiempo, sino a la dignidad».

Lo mismo vale para Heb 1,2, donde Dios, por medio del Hijo, «hizo el universo»; en griego, «los siglos». De qué siglos se trata lo explica el propio autor: «Porque no sujetó á los ángeles el mundo venidero, del cual hablamos» (Heb 2,5). El Catecismo añade que estos siglos fueron hechos por aquel a quien Dios constituyó «heredero de todas las cosas», y eso solo sucedió tras la resurrección. Sozzini resume la regla así:

«Antes bien, lo que digo es que, puesto que ya de suyo parece del todo ridículo y absurdo atribuir a Cristo que por él fue creado primeramente el mundo, a menos que antes conste que él existía ya entonces, cuando el mundo fue creado por primera vez —o, en todo caso, puesto que en ninguna parte se ha escrito expresamente nada acerca de que aquella primera creación se hiciera por él—, es del todo conveniente que los pasajes en que se dice que la creación se hizo por Cristo se entiendan no de la primera, sino de la segunda creación.

»Porque no hay ni puede haber nada absurdo en que la segunda creación se haya hecho por Cristo; y que se hizo es cosa a la vez certísima y muy bien atestiguada.»

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Decimocuarto argumento: «Por él fueron criadas todas las cosas» › La última objeción

Las afirmaciones sobre la creación por medio de Cristo no describen, por tanto, el comienzo del mundo, sino el nuevo comienzo que Dios inauguró con el Cristo resucitado.

Hebreos 1:6 y 10–12: los ángeles y el salmo de la creación

En el primer capítulo de la Epístola a los Hebreos se aplican también a Cristo unas palabras de un salmo que hablan de la creación: «Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra; y los cielos son obras de tus manos» (Heb 1,10, según Sal 102,25). Sozzini responde que el autor cita el pasaje por lo que sigue: la transformación de este siglo y la duración eterna del Rey. La primera frase solo habría tenido que incluirla porque sin ella lo siguiente resultaría incomprensible. Sobre todo, dice, una creación del mundo no encajaría con lo que el capítulo quiere probar:

«Entonces, pues, afirma este escritor divino, llegó Cristo a ser más excelente que los ángeles: cuando —o después de que— hubo hecho por sí mismo la purificación de nuestros pecados y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. ¿Quién no ve, por tanto, que es imposible que, para la preeminencia de Cristo sobre los ángeles que él tiene en mente y que luego se propone confirmar con las Sagradas Escrituras, haya aducido un testimonio en el que se atribuyera a Cristo la primera creación del cielo y de la tierra?»

Fausto Sozzini, Sobre la existencia del Hijo unigénito de Dios (De unigeniti Filii Dei existentia) — Quinto argumento: «Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra» › Por qué se cita el salmo entero

Enyedi argumenta del mismo modo: si el Apóstol hubiera querido probar que el Creador es mayor que sus criaturas, habría podido ahorrarse todos esos testimonios. «Pero nadie ha dudado jamás de que el Creador es más excelente que la criatura.» También la adoración por parte de los ángeles (Heb 1,6) va dirigida, según Sozzini, al exaltado: «no se le debía sino después de la muerte de cruz, como premio de la suprema obediencia». El Catecismo menciona, por último, un sentido en el que incluso la primera creación puede referirse a Cristo. Como Dios lo había destinado a la gloria antes de toda creación, el mundo habría sido «creado a causa del Mesías».

Juan 12:41 y 1 Corintios 10:4: Isaías y la piedra del desierto

«Estas cosas dijo Isaías cuando vió su gloria, y habló de él» (Jn 12,41). ¿Vio entonces Isaías a Cristo, que ya vivía en aquel tiempo? Sozzini refiere «su gloria» a la aparición de Dios en Is 6 y señala un antiguo manuscrito que, según una nota marginal de la edición griega de Robert Estienne, leía «la gloria de Dios». Pero aun si se trata de Cristo, Isaías vio su gloria como ven los profetas: «no la entonces presente, sino la venidera». Algo semejante sucede con la frase de Pablo sobre los israelitas en el desierto: «bebían de la piedra espiritual que los seguía, y la piedra era Cristo» (1 Cor 10,4). La piedra, dice el Catecismo, era Cristo «en sentido figurado, a saber, porque era imagen y figura de él». Enyedi recuerda que un signo apunta las más de las veces a lo ausente y venidero. Y cuando Pablo exhorta: «Ni tentemos á Cristo, como también algunos de ellos le tentaron» (1 Cor 10,9), Enyedi deduce ya del nombre de «Cristo», es decir, «Ungido», que entonces no podía referirse a él: «¿Cómo, pues, pudo ser tentado lo que no existía?».

Proverbios 8 y Miqueas 5:2: la Sabiduría y las salidas «desde los días del siglo»

Del Antiguo Testamento se aducían sobre todo dos pasajes. En Prov 8,22–23 habla la Sabiduría: «Jehová me poseía en el principio de su camino, ya de antiguo, antes de sus obras. Eternalmente tuve el principado, desde el principio, antes de la tierra». El Catecismo no ve en ello una persona, sino la sabiduría de Dios: Salomón «solo la introduce hablando por medio de una prosopopeya», es decir, la hace hablar como si fuera una persona. Pablo llama a Cristo crucificado «sabiduría de Dios» (1 Cor 1,24) porque en él se muestra la sabiduría de Dios. Enyedi añade que Pablo habla «del Jesús crucificado. Pero en tiempo de Salomón Jesús ni existía ni había sido crucificado». En Miqueas se dice del futuro gobernante salido de Belén que «sus salidas son desde el principio, desde los días del siglo» (Miq 5,2). El Catecismo objeta: «Pues aquí se hace mención de un principio y de días, que no tienen lugar en una eternidad tal». En hebreo, explica, se lee «desde antiguo o desde otro tiempo, desde los días de la antigüedad», y lo refiere a una procedencia de tiempos antiguos: Cristo remontaría el origen de su nacimiento a David, «que fue tanto belenita como fundador del linaje y de la familia de Cristo».

La Primera Epístola de Juan: «Lo que era desde el principio» y «venido en carne»

La Primera Epístola de Juan comienza: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos … tocante al Verbo de vida» (1 Jn 1,1). Sozzini señala en su comentario que Juan emplea el género neutro: lo que tenía en mente era «no una persona, sino una cosa», a saber, el Evangelio. Y la vida, «aquella vida eterna, la cual estaba con el Padre» (1 Jn 1,2), estaba junto al Padre «porque, en efecto, antes no había sido dada a conocer, sino que solo la conocía Dios mismo, que había decretado obsequiar con ella a los hombres que le obedecieran».

Más adelante se lee: «todo espíritu que confiesa que Jesucristo es venido en carne es de Dios» (1 Jn 4,2). La Reina-Valera traduce así, conforme al griego; pero Lutero, por ejemplo, vertió «ha venido a la carne», y así se entendía el versículo: como confesión de la encarnación. Sozzini rechaza esta lectura, que los protestantes de su tiempo leían en la traducción latina de Teodoro de Beza. En griego dice en sarki, «en carne», no «a la carne», y Jesucristo de ningún modo podría haber venido «a la carne», porque «no puede siquiera concebirse sin la naturaleza humana o fuera de ella». «Venido en carne» significa que apareció como hombre mortal y sufriente. En este contexto se encuentra la frase que resume con concisión la cristología de Sozzini:

«… Jesucristo, que no es otro, ni junto a él ni antes de él, que aquel hombre Jesús de Nazaret que solo comenzó a existir cuando nació de la Virgen …»

… Jesum Christum, qui nullus alius est nec praeter neque ante ipsum, quam homo ille Jesus Nazaraenus, qui tunc demum extitit, cum ex virgine natus est …

Fausto Sozzini, Comentario a la Primera Epístola de Juan (Commentarius in Epistolam Johannis Apostoli Primam) — La prueba de los espíritus y el amor de Dios › Defensa de la regla afirmativa para el discernimiento de los espíritus

Objeciones y respuestas

«Entonces Jesús no es más que un hombre como cualquier otro.»

No. Por «mero hombre» entiende Sozzini a aquel «que tiene ciertamente la esencia de un hombre y ninguna otra además, pero que, por lo demás, puede estar dotado de cualidades que no tiene en común con ningún otro hombre». Jesús fue concebido por el Espíritu Santo, vivió sin pecado, fue resucitado por Dios y exaltado a su diestra. Sozzini lo llama incluso Dios, no por su esencia, sino porque Dios lo ha constituido como tal, y, sin embargo, no solo de nombre: «Ahora bien, Cristo, aunque es una cosa creada, es Dios no solo según la opinión, sino en la realidad misma; y, por cierto, nuestro Dios, que nos ha sido dado y constituido realmente por aquel único Dios». Cómo ha de entenderse la veneración del Cristo exaltado lo trata la página La adoración de Cristo.

«Esa es la antigua herejía de Ebión y de Pablo de Samosata.»

Volanus llegó a afirmar que los hermanos veneraban como santos a Ebión, a Cerinto y a Pablo de Samosata. Sozzini responde con precisión. Con Pablo de Samosata, obispo de Antioquía en el siglo III, coinciden, dice, en que este negaba que «el Hijo de Dios hubiera existido realmente antes de ser concebido en el seno de la Virgen María», y también en lo demás su concepción de la persona de Cristo se aparta poco de la propia; aun así, no lo veneran como santo. De los ebionitas, que tenían a Jesús por hijo de José y se aferraban a la ley de Moisés, los separa lo esencial. Y da la vuelta al reproche: la doctrina de los adversarios recuerda más bien a Cerinto, según el cual un Cristo celestial descendió sobre el hombre Jesús solo en el bautismo:

«¿Qué tienen en común, pregunto, estos delirios con la opinión de los nuestros, que creen firmemente que Jesús nació de la Virgen María sin intervención alguna de José y sin que mediara su simiente, y que no reconocen otro Cristo que este mismo Jesús que nació de María y que realmente sufrió la muerte de cruz y resucitó? ¿No concuerda más bien la opinión de Volanus y de los suyos con la de Cerinto, cuando dicen que el Hijo eterno de Dios descendió del cielo y unió consigo al hombre en una y la misma hipóstasis, y que ese Hijo no padeció ni resucitó realmente, sino solo según una figura retórica que llaman “comunicación de idiomas”, mientras que entretanto solo aquel hombre padeció y resucitó realmente?»

Fausto Sozzini, Sobre la naturaleza de Jesucristo (De Jesu Christi natura) — Segunda respuesta a todo lo que Volanus opuso a la respuesta anterior › Ebión, Cerinto y el Samosatense

Por lo demás, añade, la doctrina no es nueva: Pablo de Samosata, Fotino y otros tuvieron muchos discípulos, y ya la habían enseñado «los mismos apóstoles de Cristo».

«¿No se resucitó Cristo a sí mismo?»

Erasmus apelaba a Jn 2,19 («Destruid este templo, y en tres días lo levantaré») y a Jn 10,18 («Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla á tomar»). Quien se resucita a sí mismo, decía, ha de llevar en sí un ser que no muere. Sozzini remite a la señal de Jonás (Mt 12,40): no fue Jonás quien se libró del pez, sino que el animal lo vomitó porque Dios así lo quiso; del mismo modo, el reino de los muertos devolvió a Cristo por mandato de Dios. El griego labein de Jn 10,18, explica, a menudo no significa «tomar», sino «recibir»: «Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para volverla a recibir». Precisamente en ello reside para Sozzini la grandeza de Cristo. Murió confiando en que Dios le daría de nuevo la vida.

«La Iglesia siempre ha enseñado otra cosa.»

Volanus apelaba al «juicio constante de toda la Iglesia». Sozzini replica que la Iglesia ha de medirse por los apóstoles, y estos distinguen al único Dios, el Padre, del Señor Jesucristo (1 Cor 8,6; Jn 17,3): «¿Cómo se atreve, pues, Volanus a afirmar que despreciamos el juicio constante de toda la Iglesia, si sostenemos con firmeza aquello mismo que pensaron los propios apóstoles?». Donde la Escritura parece oscura, vale la regla que Enyedi recuerda a los intérpretes: los sensatos suelen «esclarecer e interpretar lo que se ha dicho de modo oscuro y ambiguo a partir de lo que es llano y se enseña con claridad en otros lugares».

«¿Hay que creer esto para ser cristiano?»

Con la misma firmeza con que Sozzini niega la existencia anterior de Cristo, se guarda de hacer de este rechazo una condición de la comunión. En la primera respuesta a Volanus escribe:

«Porque nos basta, en lo que toca a este asunto, que cada uno confiese que aquel Dios altísimo, Jehová, es uno, a saber, el que es Padre de nuestro Señor Jesucristo, y que fuera de él no hay otro; y que Jesús de Nazaret, a saber, aquel hombre que fue realmente crucificado, es el Hijo del Dios viviente, en cuyas manos todo ha sido puesto por Dios, a quien debemos venerar y de quien debemos esperar la vida eterna —piense cada cual lo que quiera, por lo demás, acerca del Hijo de Dios mismo en cuanto al tiempo anterior a su nacimiento de María—. Aunque deseamos vivamente que cada uno conozca con la mayor exactitud la verdad misma, y trabajamos para ello con todas nuestras fuerzas.»

Fausto Sozzini, Sobre la naturaleza de Jesucristo (De Jesu Christi natura) — Primera respuesta a la Exhortación de Andreas Volanus › Qué es la Iglesia de Cristo

Y en la segunda respuesta: aunque niega que Cristo sea aquel Dios que creó el cielo y la tierra, «no por eso declaro herejes a quienes lo afirman».

Lo que atestigua la Escritura

A los pasajes que parecen enseñar una existencia anterior se oponen los testimonios que hablan del origen, del envío y de la exaltación de Jesús sin mencionar siquiera una existencia anterior. Las citas bíblicas de esta página siguen la Reina-Valera de 1909.

  • Lucas 1:35 — «por lo cual también lo Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios»: el ángel nombra la concepción por el Espíritu Santo como fundamento de la filiación divina.
  • Gálatas 4:4 — «Dios envió su Hijo, hecho de mujer»: enviado como quien ya ha nacido.
  • Romanos 1:3–4 — «que fué hecho de la simiente de David según la carne; el cual fué declarado Hijo de Dios con potencia … por la resurrección de los muertos»: declarado Hijo de Dios por la resurrección.
  • Hechos 13:23 — «De la simiente de éste, Dios, conforme á la promesa, levantó á Jesús por Salvador á Israel»: lo prometido era un descendiente de David.
  • Hechos 2:36 — «á éste Jesús que vosotros crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo»: el señorío como don, no como regreso.
  • 1 Timoteo 2:5 — «un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre»: hombre también después de la exaltación.
  • Hebreos 1:1–2 — «Dios, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo á los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo»: por medio del Hijo habla Dios solo en los últimos días.
  • 1 Pedro 1:20 — «ya ordenado de antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postrimeros tiempos»: ordenado de antemano, no existente de antemano.
  • Juan 17:3 — «que te conozcan el solo Dios verdadero, y á Jesucristo, al cual has enviado»: el enviado se distingue del solo Dios verdadero.
  • Hebreos 2:17 — «Por lo cual, debía ser en todo semejante á los hermanos»: un hermano de los hombres, no un ser celestial con figura humana.
  • Marcos 13:32 — De aquel día «nadie sabe; ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre»: el saber limitado de un hombre verdadero.

Repercusión

El Catecismo Racoviano, publicado en polaco en 1605 y en latín en 1609, y ampliado más tarde por Crell, Schlichting y Ruar, asumió la cristología de Sozzini hasta en los detalles, incluido el arrebatamiento de Jesús al cielo. Pregunta también en qué medida el recto conocimiento de la naturaleza de Cristo resulta «sumamente útil para la salvación», y responde que la opinión contraria oscurece la gloria de Dios, quebranta la esperanza y hace de Cristo «otro sujeto». En la tercera razón nombra expresamente la preexistencia:

«¿Cuál es la tercera razón?

»Hace de Cristo aquel mismo Dios único y dice que es el Hijo de Dios quien realmente habría existido antes de la concepción del hombre Jesús por el Espíritu Santo y antes de su nacimiento de la Virgen, más aún, antes de todos los tiempos, y dirige hacia este nuestro culto, nuestro honor y nuestra fe; siendo así que aquel que verdaderamente es Cristo e Hijo de Dios, considerado solo y en sí mismo, o bien sería para ellos un ídolo si se le diera culto, o bien no se ve de qué modo podría ser a la vez aquel Dios único y hombre, y recibir culto tanto en cuanto aquel Dios único como en cuanto hombre exaltado por él.»

Catecismo Racoviano — Del conocimiento de Cristo › La utilidad del recto conocimiento de la naturaleza de Cristo › La falsificación del verdadero Hijo de Dios

En su traducción alemana del Nuevo Testamento de 1630, los Hermanos Polacos llevaron esta interpretación hasta el texto bíblico, como muestran las versiones de Jn 1,1, 1,15 y 8,58 citadas más arriba. En Transilvania, György Enyedi (1555–1597), superintendente de la Iglesia unitaria, explicó uno por uno los pasajes aducidos en favor de la doctrina trinitaria; sus Explicationes se publicaron en 1598, después de su muerte. En Raków, Johannes Crell reunió los argumentos en su obra Sobre el único Dios, el Padre (1631). Finalmente, el nieto de Sozzini, Andrzej Wiszowaty (1608–1678), presentó en su Religión racional las pruebas sacadas de Jn 1,1 y Flp 2,6 como ejemplos de conclusiones que no se siguen:

«Se dice que el Verbo de Dios, esto es, Cristo, estaba en el principio; luego habría existido desde toda la eternidad, o al menos en el comienzo de la antigua creación. Y, sin embargo, “principio”, si se refiere al asunto de que se trata, se toma a menudo de otro modo en las Sagradas Escrituras, como en Jn 15,27; 16,4; Lc 1,2; Hch 11,15; 1 Jn 2,7.24; 3,11; 2 Jn 5 s. Cristo estaba en la forma de Dios; luego esto habría de entenderse de la esencia misma de Dios. Y, sin embargo, “forma” no se toma en las Sagradas Escrituras por la esencia interior, como se ve en Mt 17,2; Mc 9,2; 16,12; Rom 12,2.»

Andrzej Wiszowaty, Religión racional (Religio rationalis) — Diecisiete argumentos en favor del uso de la razón › Decimoséptimo argumento: la práctica de los que disputan refuta su propia doctrina

Con la expulsión de los Hermanos Polacos, hacia 1660, sus escritos llegaron a los Países Bajos y a Inglaterra. En la Bibliotheca Fratrum Polonorum, publicada en Ámsterdam a partir de 1665, se imprimieron reunidas las obras de Sozzini. Desde entonces, la cuestión de si Jesús vivió antes de su nacimiento se plantea también fuera de la tradición sociniana: desde comunidades cristianas independientes que rechazan una preexistencia de Cristo hasta la investigación neotestamentaria, que discute si ya Pablo pensaba en una preexistencia semejante.

La tesis central de Sozzini

Jesús de Nazaret es el Hijo unigénito de Dios, «y ningún otro, ni junto a él ni antes de él». No vivió antes de su nacimiento: Dios lo hizo surgir por su Espíritu en el seno de la Virgen, lo santificó y lo envió, lo resucitó de entre los muertos y lo exaltó sobre todas las cosas. Las palabras sobre el principio y sobre la gloria anterior al mundo hablan del Evangelio y del designio eterno de Dios; las palabras sobre la creación, de la nueva creación que Dios ha comenzado por medio de él; y del cielo vino como hombre, enviado por Dios. Por eso Cristo no es menor, sino mayor: no un ser celestial con figura humana, sino un hombre verdadero, nuestro hermano y modelo, a quien Dios ha elevado hasta su propia majestad.